Plan de Desarrollo
| Una vida pintada de payaso |
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El payaso Mecato vive en medio de un corredor que comunica a varias casas, afuera de la casa hay un pequeño parque que se asemeja a una fonda o a un malecón de pueblo tropical, dos niños de edad semejante corretean alegremente entre el pasillo y la casa; a uno de los niños que me mira de arriba abajo, le preguntó por el Payaso Mecato, voltea la cara y corre hacia su casa gritando - abuela, abuela un señor necesita al abuelo- La niña sigue mirándome de arriba abajo y me dice con un aire de prepotencia infantil Mecato es mi abuelo- Mecato es un hombre de estatura mediana, de tez morena, con una barriga de payaso, con aire de bonachón y es una persona amable, pero pocas veces sonríe. Prende un cigarrillo y empieza a contarme su historia, un relato que danza entre la comedia y la tragedia; una vida pintada de payaso que deambula entre la risa y el llanto.
A sus diez años mientras caminaba por las calles de Niquía en Bello, se quedó encantado con la vida de un circo que estaba de gira por este municipio ubicado al norte de la ciudad, pidió trabajo y desde ese día ha vivido gracias a las funciones circenses, ” en el primer circo fui empleado de carpa, cargar varillas, tablas y cuando el circo estaba armado poner cuidado que la gente no se metiera sin pagar, lavar las jaulas y llevarle comida a los animales”, Liberio en ese circo aguantó tanta hambre que cuando llevaba un caldo de hueso que le daban a los leones, se escondía debajo de las tribunas a comer furtivamente el menú preparado para el Rey de la selva, “ un día el dueño del circo preguntó y es que esos leones no están comiendo, cada día están más flacos y yo cada día más gordito”, dice Liberio, mientras dibuja una tímida sonrisa. El trabajo en ese circo solo duró dos meses para bien de él y de los ya anoréxicos leones. Después se enroló en otro circo mucho más pequeño que el anterior, porque en el que se comía el menú de los leones era para dos mil personas y en el que empezaba solo le cabían 100 personas. Allí empezó su vida como trapecista, labor que aprendió rápido y que lo llevó con el tiempo a hacer parte de grandes circos como el Roland y el de los Hermanos Gasca; allí sufrió un grave accidente que lo alejó por siempre de los trapecios y que lo acercó al verdadero papel de su vida y en el que lleva más de tres décadas, el de ser payaso, “yo tuve un accidente muy grave y empecé a sufrir de acrofobia miedo a las alturas; a mí me gustaba mucho el trabajo de payaso y empecé a conocer los grandes payasos del país, comencé a pintarme, a aprender las mímicas, y empecé con pernito, con bebe, con tuerquita. Ellos fueron mis grandes maestros”.
Pero como en la vida y hasta en la de los payasos que es todo alegría, hace falta una mujer que nos acompañe por el resto de los días, Mecato no fue la excepción y su corazón fue flechado en el lugar menos esperado y como en el circo todo pasa tan rápido y no hay tiempo para los preámbulos, ni para los protocolos. Mecato en pocos horas ya tenía compañera para la comedia de su vida “Yo llegué hace treinta dos años con un circo al sector de Belencito, nos quedamos dos semanas, y el último día del circo un domingo, la que hoy es mi esposa vino a acompañar a una amiga que era novia de un trapecista y yo me quedé hablando con ella y al otro día iba conmigo en la caravana del circo, mi noviazgo duro 3 horas y llevó viviendo con ella 32 años y tres hijos” anota Mecato. Sus hijos crecieron en el circo, todos nacieron bajo las carpas y todos recorrieron cientos de municipios colombianos, todos vivieron el trajín nómada de la vida circense y aprendieron a comprender que el payaso así no haya con que comer esa noche debe sonreír y robar un millón de carcajadas a los niños que han cifrado toda su ilusión en este personaje de cara pintada, porque a pesar de las adversidades la función debe seguir “Lo más duro de vivir en un circo, es que no existe hogar, uno vive como un fugitivo, cada quince días hay que desbaratar las camas, las carpas, empacar los trastes. En un circo si no hay función no hay sueldo, muchas veces nos tocaba pasar necesidades de alimentación”. Los mecaticos, o sea los hijos de Mecato fueron creciendo y se convirtieron en los socios de función de su padre, desde muy niños comprendieron que en los payasos estaba el alma de un circo y que otros niños semejantes a ellos también olvidaban sus problemas y sus necesidades cuando ellos se entregaban en el escenario “mis hijos desde los cuatro años trabajan conmigo de payasos, muchas veces solo los sacaba a el escenario así no hablaran, pero lo hacía para que ellos aprendieran y le cogieran amor a la profesión del papá y luego los ponía a hacer pantomimas, que son entradas mudas. Les enseñaba el trato que deben tener ante el público y en especial ante los niños, porque los niños ven a los payasos como algo bonachón, buena gente, chistoso”.
Mecato se queda en silencio y me habla de la muerte de su hijo, los músculos de su rostro se contraen y sus ojos se encharcan, y yo como un niño, después de 34 años, siento un desengaño tardío al comprender que los payasos son simples seres humanos que también lloran. Pero me encojo de hombros y digo en voz baja la función debe continuar. |



